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Notas para un Ensayo sobre Charles Baudelaire
Roberto Ernesto
ISBN: 978-9870279082
EDITORIAL DUNKEN
COLOFÓN: 2015-03-27
344 páginas
Ensayo

Sinopsis

El aburrimiento nos invade y nos paraliza. Nos atrapa en un estado de incertidumbre. Lo que nos circunda deja de asombrarnos y pierde todo sentido. Nos sentimos vaciados, como si estuviésemos perdiendo una sustancia que desconocemos. El tedio se muestra como un tiempo vacío de vivencias, de recuerdos, de fantasías, de proyectos… y convertido en virtud de ese aburrimiento en una pura sucesión de ser sólo un antes y un después, medida de un acontecer, metrón de un advenimiento hacia nada, hacia otro vacío que nos descubre en la existencia un agujero que al aburrirnos nos desarticula, que nos hace inoperantes frente a todo lo que nos rodea, personas o cosas que existen sin interesarnos. De golpe el mundo deja de ser enigmático, problemático. Pero no es un estado doloroso sino in-cómodo, que si bien nos impone un esfuerzo y una tensión para superarlo, simultáneamente se muestra como una fuerza contraria que nos invade para mantenernos en ese estado. Ambas tensiones se neutralizan, y el punto cero donde quedamos anclados, es el aburrimiento. El tiempo ha caído, se ha denigrado a su pura dimensión matemática. Aburrirse es padecer ese estado de desajuste de nuestro ser, un ser enajenado ahora de su tiempo propio hacia un estado de insatisfacción general. Es sentir ese tiempo vacío que pasa y transcurre sin afectarnos, sin herirnos, sin angustiarnos. El hombre aburrido no es un hombre angustiado. Lo que me rodea no ha perdido aún del todo su sentido y significación. El hombre aburrido es un hombre que descree de sí. Para decirlo como Alberto Moravia (La Noia, Milano, 1960), el sentimiento del tedio nace “del absurdo de una realidad insuficiente” y es incapaz de persuadirnos de la efectividad de nuestra propia existencia. De ese absurdo, para Moravia, brotará el aburrimiento porque dejamos de tener relación con el entorno, con las cosas y con los otros, “incomunicabilidad e incapacidad de salir” de él que, a veces, nos impulsa a buscar un escape, a matar ese tiempo vacío de la desaparición de las atracciones. Kierkegaard llegó a decir que en la inactividad del aburrirse, lo único que veía delante de sí era vacío, y que ese vacío era lo único que lo alimentaba. Es el Spleen que Baudelaire sufría, la melancolía sin causa aparente, la aversión y aún el horror hacia todo, hacia la sociedad y hacia la naturaleza. También Kierkegaard durante el tedio sentía su alma como el Mar Muerto, sobre el cual no puede volar ningún pájaro, y “si alguno se arriesga, a llegar a medio camino pierde las energías de sus alas y cae abatido, hundiéndose en la muerte y en la ruina” (Sören Kierkegaard, Entweder-Oder, Jena 1911, I, p. 33, Enten-Eller, I [Diapsalmata ad se ipsum]). Por su parte, Baudelaire lo vivía como si fuese un cementerio aborrecido de la luna: “Je suis un cimetière abhorré de la lune”, Spleen, II.Y ese Spleen, posiblemente, haya sido mi punto de contacto, de atracción, que me impulsó a redactar estas Notas Para Un Ensayo Sobre Charles Baudelaire.





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